Los hombres somos verdaderamente notables. Hemos adoptado el control y dominio de nuestro planeta, desarrollado poderosas ciencias y tecnologías y asumido una profunda y audaz responsabilidad por nuestro propio destino.
Al mismo tiempo deseamos explicaciones claras y convincentes para comprender nuestro mundo. Queremos la certeza y la sencillez y rehuimos lo complejo y lo ambiguo. Deseamos pautas claras y construir tranquilizadoras visiones del mundo.
Seguimos guiándonos por el amor y el odio, desconfiamos de lo otro, lo desconocido, lo extremo, lo distante. Vivimos en una época de cambios que – dan la sensación- de llevarnos a un cambio de época. Por todo ello, pienso que debemos pensar a largo plazo, imaginar futuros, prepararnos para los desafíos y oportunidades del mañana.
¿Pero podemos tratar de entender el futuro si el presente es tan profundamente desconcertante?
Y aún más ¿podemos sentirnos optimistas ante él?
Y permitidme otra pregunta ¿En torno a qué os sentís optimistas?
-Hola, ¿cómo estás?...
-Pues anda, que tú…
Decía Oscar Wilde que “la vida es demasiado importante par ser tomada en serio” y que “una persona que no se ríe no es una persona seria”. Ante las cosas que cada día nos tiene preparada la vida, podemos cabrearnos, salir de nuestros cabales…o afrontar lo imprevisible de la vida con una sonrisa y con sentido del humor.
Pero nos empeñamos con frecuencia en amargarnos la vida a nosotros y a los demás. Y a veces hasta lo conseguimos. La explicación es muy sencilla, hemos perdido el sentido del humor y con él, perdemos una oportunidad única de vivir, de crear personas, de prevenir conductas disociales…con humor
y desde el humor.
El humor implica una actitud ante la vida que lleva a relativizarlo todo y a desdramatizar las situaciones conflictivas, ayuda a no dar a las cosas más importancia de la que tienen o merecen, al fin y al cabo no son hechos absolutos.
El humor nos libra a la vez de optimismos ingenuos y de pesimismos catastróficos y nos conduce a un sano realismo, ante las deficiencias de las gentes: son como son y “no hay que pedir peras al olmo”.
Por eso mismo, el humor es signo inequívoco de madurez humana y, en el fondo, no hay nada tan serio como el humor. Porque el humor supone madurez y experiencia, e implica tener sentido de la realidad y una comprensión que nos dispone a encajar los acontecimientos y mirarlos con sonrisa de benevolencia.
El hogar es el centro de la vida humana y familiar. Ninguna relación entre hombres induce a ese intercambio cuerpo a cuerpo y a esa comunicación.
Todos y cada uno de sus habitantes se cuecen en el aliento y el sabor de los otros, se acomodan y se prestan fervor mediante la proximidad.
El amor y el rencor se alternan en los aniversarios, en los domingos importantes. Las rencillas se superponen al abrazo, los besos a los despechos, el perdón a no se sabe qué falta de comprensión.
La vida está en el hogar, se da con él y es en el exterior donde la vida no está asegurada. Sus habitantes han aprendido allí el habla y la interpretación de los ruidos, la valoración de las sombras. La vida y la muerte se doblan sobre el espejo del salón, se repiten en el armario y se eternizan sobre el decorado que proporciona la ventana. Una enciclopedia elemental se desprende de la luz de
las lámparas, del fragor del frigorífico y la cisterna, de los pasos de la madre y la tos del padre que se acerca.
Los habitantes del hogar pueden decir de todo: la casa huele a carne, a hervidos, a tabaco, a verdura, a colonia. Pero también huele al llanto de los bebés, a sexo y a los ancianos.
En el hogar la olla sigue su curso, generación tras generación, matrimonio tras matrimonio. Macarrones con tomate, lentejas con
chorizo, espaguetis carbonara. Cada amanecer es preciso seguir cocinando y cocinando para ligar sin grandes problemas los fragmentos del amor , aunque solo sea para convivir juntos.
¡La muerte? ¿Hablar de la muerte? Puesto que todos tenemos asumido que nos vamos a morir tarde o temprano por qué no hablar de ella. ¿Cómo nos afecta saber que un día, que todos esperamos lejano, nuestra vida se va a acabar.
Muchos pensarán que ya llegará y ahora es el momento de disfrutar de las cosas alegres de la vida y de la compañía de amigos y familiares en el día a día.
Otros aprovechan la existencia de la muerte para relativizar las preocupaciones diarias y pasajeras.
Los hay quienes ante la degeneración del cuerpo, la dependencia de otras personas, o una posible invalidez prefieran morir de un infarto. Sin importarle morir solos, en la calle o en el trabajo, sin la compañía del marido o de la esposa o de los hijos, sin la posibilidad de despedirse de ellos.
Las personas creyentes consideran su muerte como un encuentro con Dios al que no verán como juez sino como padre amoroso que los recibe con los brazos abiertos para ofrecerles una nueva vida.
Dos reflexiones finales: Hermann Hess afirmó
cuando uno ha llegado a viejo y ha cumplido su parte, la tarea que le queda es hacer en silencio, amistad con la muerte ya que no tiene necesidad de los hombres, ha conocido suficientes
Y el doctor López Ibor aconsejó:
las personas mayores deben vivir con poca carne (con lo necesario y fácil de digerir) mucho zapato ( un ejercicio que nos esfuerce sin forzarnos) mucha agua ( para mantenernos limpios y sin malos olores) y muchas caricias (dando y recibiendo amor).
A mí me gustaría morir abrazado a mi mujer y rezando un Padre Nuestro
Y vosotros ¿habéis imaginado la muerte?

Escribo porque leo, porque soy un lector de la vida, del mundo y de los libros y siento la necesidad de contar lo que me deja dentro su lectura.
Escribo para volver a la memoria aquellas ideas, imágenes, que han pasado el filtro de mi pensamiento y se resisten a morir.
Escribo aquello que no termino de ver del todo claro, aquello que se sitúa entre mis ojos y la realidad, pero que no sé en qué consiste exactamente.
Escribo porque es una forma de abrirme y afirmarme ante los demás.
Escribo para ser más humano, para liberarme de mis límites.
Escribo para aprender a usar las palabras de manera que surjan de ellas imágenes vivas y soñadoras, dulces y efímeras, plurales y únicas, originales y espejos, puertas y ventanas por donde todo mundo pasa y se asoma a ver, a gritar, a cantar, a llorar.
Y tú, ¿por qué escribes?

Existen muchas razones para leer. Estas son las mías
1. La lectura enriquece mi punto de vista, me hace oír, tomar en cuenta y valorar la voz de los otros..
2. Leer es encontrarse consigo mismo, con el mundo y con los demás.
3. No sólo leo para saber y aprender más de la vida, del mundo y de los demás, sino para sentir, experimentar, crear y recrear la vida y el mundo con los sueños propios y ajenos. La lectura es el anzuelo con que pescamos esperanza.
4. Leo porque leer es vivir doblemente.. No sólo vivo lo que me
correspondía, sino que asumo esa otra vida desplegada, avivada y
mostrada por el texto que leo.
5. Leo para no perder el norte, la luz y el camino que me conduzcan
siempre al hogar, al aroma de la casa materna o paterna, al sabor de los abrazos, al cariño de los saludos, al círculo festivo y
desinteresado de los amigos.
Y tú ¿por qué lees?